domingo, 18 de octubre de 2009

De la melodía que no pude escuchar

Me dirigía a mi cama cansado, abrumado por mis pensamientos y por las palabras que había escuchado y leí­do ese día. Cerré los ojos y al cabo de unos pocos minutos de oscuridad allí estabas, en un ambiente helado, preparada para iniciar tu actuación… Tan bella, tan elegante… Tan tú.

Con tu mano izquierda aseguras suavemente tu instrumento contra tu mentón y como un rayo blandes tu arco, disponiendolo sobre las cuerdas… segura, serena, sonriente. Esperas unos segundos, yo permanezco expectante, congelado durante tu pausa… de pronto inicias tu tonada lentamente… tu brazo derecho realiza el vaivén característico de tu estilo, pareces disfrutar tu melodí­a pero a pesar de que te veo tocar, el sonido no llega a mis oí­dos… sólo mi respiración acompaña al permanente silencio que emanas.
Pasan algunos minutos aún silenciosos para mi y finalmente te detienes… y feliz realizas una reverencia en mi dirección mientras sonries… en ese instante un escalofrio recorre mi cuerpo, una mezcla de sorpresa y terror me invade y me golpea súbitamente al escuchar aplausos a mis espaldas… sigo allí de pie con mis ojos abiertos mas de lo normal debido a la sorpresa y volteo la mirada por encima de mi hombro derecho a la vez que giro lévemente el tronco para encontrar a quien para ti es el único espectador de tu actuación… es cuando comprendo que la canción que tocabas tan apasionadamente y con tanto sentimiento… TU canción no es para mi. Allí estuve por pocos segundos, invisible para ambos.

Abro los ojos… 09:24 am.

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